Cómo recibir y usar feedback sin desanimarte



En el camino de la escritura narrativa, tarde o temprano todos llegamos al mismo punto: el momento de mostrar nuestro texto a otros. Puede ser a un profesor, a un taller literario, a un colega escritor o a alguien cuya opinión valoramos por su experiencia. Lo hacemos con ilusión, con expectativa y, casi siempre, con una carga emocional considerable. Ese texto que compartimos no es solo una suma de palabras; es tiempo invertido, energía mental, dudas superadas, noches de trabajo y, muchas veces, una parte íntima de nosotros mismos.

Por eso, cuando la retroalimentación que recibimos no coincide con lo que esperábamos, o cuando llega en un tono brusco, frío o excesivamente crítico, el golpe puede ser duro. No es raro sentir frustración, desánimo o incluso la tentación de abandonar el texto por completo. Sin embargo, aprender a recibir y usar feedback sin desmotivarnos es una de las habilidades más importantes que puede desarrollar un escritor. No solo mejora nuestros textos, sino que fortalece nuestra relación con la escritura a largo plazo.

En este post quiero invitarte a cambiar la manera en que miras la retroalimentación. No como un ataque, ni como una sentencia definitiva, sino como una herramienta posible, flexible y siempre opcional para el crecimiento narrativo.


Por qué el feedback duele más de lo que esperamos

Cuando escribimos, no lo hacemos desde la neutralidad. Escribimos desde nuestras ideas, nuestras obsesiones, nuestra sensibilidad y nuestro contexto. Incluso cuando intentamos ser técnicos, siempre hay una implicación emocional. Por eso, cuando alguien señala fallas, inconsistencias o debilidades, el cerebro no lo interpreta solo como una observación sobre el texto, sino como una evaluación de nuestro esfuerzo y, en ocasiones, de nuestra capacidad.

Además, muchas veces llegamos al feedback después de haber hecho un enorme trabajo interno: corregir, reescribir, pulir frases, luchar contra la inseguridad. Desde ese lugar, cualquier comentario negativo puede sentirse injusto, exagerado o innecesario. No porque lo sea objetivamente, sino porque llega cuando estamos emocionalmente expuestos.

Entender esto es clave. El dolor no significa que el feedback sea malo, ni que tú seas incapaz. Significa que te importa lo que haces. Y eso, en realidad, es una buena señal.


Separar el texto de la identidad del escritor

Uno de los aprendizajes más importantes para cualquier narrador es este: el texto no eres tú. Es una construcción, una versión posible de una idea, una etapa dentro de un proceso. Confundir el valor del texto con el valor personal del escritor es una de las fuentes más comunes de bloqueo creativo.

Cuando alguien dice “este personaje no funciona” o “la escena pierde fuerza”, no está diciendo “tú no sirves para escribir”. Está hablando de un objeto narrativo que puede modificarse, ajustarse o incluso descartarse. Mientras más rápido logres hacer esa separación, más libertad tendrás para revisar, experimentar y mejorar sin que cada comentario se convierta en una herida.

Esto no se logra de un día para otro. Es una práctica. Pero cada vez que eliges escuchar sin defenderte de inmediato, estás entrenando esa distancia saludable entre tu identidad y tu obra.


No todo feedback es una orden ni una ley

Uno de los grandes malentendidos alrededor de la retroalimentación es creer que todo comentario debe obedecerse. Como si recibir feedback implicara automáticamente reescribir el texto según la visión del otro. Esto no solo es falso, sino peligroso para la voz narrativa.

El feedback no es una norma, no es una ley y no es una imposición. Es una mirada externa. Una propuesta. Una interpretación posible del texto desde un lugar que no es el tuyo. Quien comenta no siempre conoce tus intenciones profundas, el tono que buscas o el tipo de lector que imaginas.

Escuchar feedback no significa renunciar a tu criterio. Significa ampliar el campo de visión. Tú sigues siendo quien decide qué cambios hacer, cuáles probar y cuáles descartar. La escritura nace de un lugar propio, y ese lugar no tiene por qué coincidir con el de todos los demás.


Escuchar sin reaccionar: el primer paso

Cuando recibas retroalimentación, especialmente si es dura, intenta no reaccionar de inmediato. No expliques, no justifiques, no discutas en el momento. Escuchar no implica estar de acuerdo; implica permitir que el comentario exista sin que domine tus emociones.

Muchas veces, lo que más nos molesta no es el contenido del feedback, sino la forma. El tono brusco, la falta de tacto o la sensación de que el otro no valoró nuestro esfuerzo. Aun así, conviene separar forma y fondo. Incluso un comentario mal expresado puede contener una observación útil.

Date tiempo. Deja reposar el texto y los comentarios. Vuelve a ellos con distancia. Lo que hoy duele, mañana puede leerse con mayor claridad.


Analizar el feedback con criterio narrativo

Una vez pasado el impacto inicial, llega el momento más productivo: el análisis. Pregúntate qué está señalando realmente la persona. ¿Un problema de claridad? ¿De ritmo? ¿De coherencia interna? ¿De desarrollo de personajes?

A veces el comentario literal no es tan importante como el problema subyacente. Por ejemplo, si alguien dice “este personaje no me cae bien”, puede estar señalando una falta de motivación clara o un conflicto mal planteado. No se trata de agradar, sino de entender qué genera esa reacción.

Analizar feedback es traducir opiniones en preguntas narrativas. Y esas preguntas, incluso si no llevan a cambios inmediatos, afinan tu mirada como escritor.


Elegir qué tomar y qué soltar sin culpa

No todo feedback te servirá, y eso está bien. Hay comentarios que no resuenan con tu proyecto, con tu intención estética o con el tipo de historia que quieres contar. Rechazarlos no te hace soberbio ni cerrado; te hace responsable de tu obra.

Lo importante es no descartar desde la reacción emocional, sino desde la reflexión. Si decides no aplicar un comentario, hazlo con conciencia, no por orgullo herido. Del mismo modo, si tomas una sugerencia, no lo hagas por miedo a equivocarte, sino porque realmente mejora el texto.

Aceptar unas ideas y soltar otras sin generar molestia ni juicio hacia quien las dio es una muestra de madurez creativa. La otra persona habló desde su experiencia; tú decides desde la tuya.


La retroalimentación como entrenamiento, no como veredicto

Cada vez que recibes feedback, estás entrenando una habilidad que va más allá de un texto específico. Estás aprendiendo a dialogar con lectores, editores y críticos. Estás fortaleciendo tu resistencia emocional y tu capacidad de revisión.

La retroalimentación no define tu talento ni tu futuro como escritor. No es un veredicto final. Es parte del proceso, como escribir mal borradores iniciales o atravesar bloqueos. Mientras más naturalices el feedback como una etapa normal del trabajo narrativo, menos poder tendrá para desanimarte.


Escribir desde tu lugar, escuchar desde otros

Tú escribes desde un lugar único: tu experiencia, tu sensibilidad, tus lecturas, tus obsesiones. Nadie más puede ocupar ese punto exacto. Quien te da feedback lo hace desde otro lugar, con otros referentes y otras expectativas. Ninguno es superior; son distintos.

Cuando entiendes esto, la retroalimentación deja de ser una invasión y se convierte en un cruce de miradas. Un intercambio. Un espacio de aprendizaje mutuo. Puedes agradecer, escuchar, analizar y seguir escribiendo sin perder tu centro.

Al final, escribir es un acto solitario, pero crecer como escritor casi siempre implica abrir la puerta a otros. La clave está en no dejar que esas voces silencien la tuya.




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